La Tetera
Había una vez en Tacoma un hombre que tenía una hija, el regalo más precioso que su esposa le había dado jamás. Para uno de sus cumpleaños, cuando la niña aún era joven, ella le regaló una hermosa tetera de cerámica marca Rosenthal. Pasaron los años y la madre la exhibía con indiscutible orgullo en la repisa sobre la chimenea, justo al lado de la cocina, como el centro de su vida familiar.
Sin embargo, el tiempo tiene una forma implacable de desmantelar las ilusiones. A medida que la hija crecía y se hacía adulta, comenzó a darse cuenta de que su padre no era el hombre maravilloso e infalible que ella tanto había amado en su infancia. Era, en realidad, un hombre lleno de grietas y defectos, alguien que estaba muy por debajo del ídolo de su niñez.
Un día, en medio de una agria discusión cargada de reproches y resentimientos acumulados, la tensión estalló. En un arrebato de rabia, la hija tomó la tetera de la repisa y la arrojó con violencia contra el suelo, haciéndola añicos. Poco después de aquel día fracturado, la joven consiguió un trabajo en la lejana Australia. Se marchó de Tacoma para siempre y nunca más regresó.
En silencio, la esposa recogió cada uno de los fragmentos. Con paciencia infinita, pegó la tetera con tanto cuidado que logró disimular las cicatrices de la porcelana, y la devolvió a su lugar de siempre en la repisa.
El marido contemplaba aquel objeto remendado todos los días. Lo miró fijamente cada tarde hasta que una mañana, años después, descubrió que el espacio en la chimenea estaba completamente vacío. Al preguntarle a su esposa, ella suspiró y le dijo que se le había caído mientras limpiaba el polvo; que esta vez se había roto tanto que no había tenido más remedio que tirar los pedazos a la basura.
Muchos años más pasaron, sepultando el recuerdo bajo el polvo del olvido.
Un fin de semana, el hombre terminó deambulando por un mercadillo local de objetos de segunda mano. Caminaba distraído entre mesas repletas de ropa vieja y trastos olvidados cuando, de pronto, el corazón le dio un vuelco. Allí, bajo la pálida luz del sol, estaba la tetera Rosenthal, con las finas líneas del pegamento brillando al contraluz.
Una mujer anciana atendía la mesa de antigüedades. Intentando mantener la voz firme, el hombre se acercó y le preguntó cómo había conseguido una pieza tan particular.
La señora sonrió con amabilidad y se encogió de hombros. —Oh, me la trajo una mujer hace un tiempo —explicó—. La canjeó por unas baratijas. Cuando me la entregó, me dijo que su marido no hacía más que romperle el corazón a la casa entristeciéndose cada vez que miraba la maldita tetera, y que ella ya no podía soportar seguir viéndolo sufrir de esa manera.
el amor no desaparece aunque exista decepción,5
ReplyDeletelos recuerdos felices pueden convertirse en dolor,
y las personas rara vez son completamente buenas o completamente malas.